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5 feb. 2016

  Por segunda vez:

"Lo único que pido desde que te conocí (por segunda vez), es que la música suene más potente que el llanto que me provocan tus lágrimas. Lo único que quiero desde que te conocí (por segunda vez), es que me desparrame, tu sonrisa, los más trazados confines de alegría y felicidad por todo el cuerpo. Lo único que le pedí a la vida, que la conocí tantas veces, fue que me haga sufrir (de una manera condescendiente), para discernir hasta dónde podía ser (yo) tan valiente".


  [Pero la vida arraigó con fundirme felicidad en el pecho, y así es que llegué a ser tan inconsciente de la infelicidad, que -solo por momentos- creí que no era verdadera (ni duradera). La felicidad es darse cuenta a tiempo de lo que puede llegar a ser un caos; la felicidad no es, solamente, sonreír; creer que todo está bien; crecer a merced de la vanidad y de la chuchería que te quieren pintar. La felicidad va por otro camino, cruza otros destinos: pega diferente. En vez, la infelicidad, va por un camino llano, estrecho (casi nulo), donde podemos dilucidarla de una manera bastante fácil: el llanto].

  La introducción aplicada en los párrafos anteriores es, en realidad, el desenlace de la historia. De esta y de muchas. Numerosas veces, el principio es el gran final que no nos atrevemos a asumir. El llanto -hablando siempre a primera vista (o a primera lágrima)- suele someternos en cierta introspección donde creemos que es el principio de algo; pero realmente, si hacemos un mea culpa, podemos encontrarnos con que es realmente el desenlace de alguna historia, de algún pasado, del mismísimo presente o del (tan temeroso) futuro.

  Increíble, pero el llanto puede llegar a ser el fruto de una gran carcajada (una carcajada sideral, como algún día supe plasmar en una canción esa frase); una lágrima puede ser el suburbio que acaba en una inmensa sonrisa; y un dolor puede significar que (sorpresivamente) hay amor dentro nuestro. La mirada constante nunca acabó, la palabra precisa emergió, y la sonrisa perfecta siempre fue tuya, mía, más tuya que mía. Yo sé bien que ese llanto fue -simplemente- el comienzo de una carcajada, que inundará [ergo] de ilusiones el planeta que tuvimos la suerte de habitar ambos. En la constelación más inmensa de esa carcajada sideral, se encuentra escondido el nudo que -todavía- no se pudo desatar. Ya sea por tiempo, por muecas del destino, por la dulce espera que nos amedrenta día a día, ese nudo está empapado de llanto, empañado de un sollozo sublime, sutil y pasional (como quién pudiera decirlo, ¿no?). Sabemos bien que incendiarlo no sirve, porque siempre quedarán vestigios por trapear; por eso (malditamente) debemos esperar a que él mismo decida agotarse; aflojarse por el paso del tiempo y, así (de una vez por todas), poder desatarlo. Me deja tranquilo que no todo fue un naufragio, que uno siempre puede remar en la dirección correcta, y que la sonrisa más inapetente del mundo puede terminar siendo la salvación de muchas células que, con carácter enfático, nos decían: "basta, hasta acá llegaste. No pierdas más el tiempo en problemas que no tienen solución, en llantos que no tienen final, y en corazones que no tienen salvación".

  En ese mar de agua salada donde yo solía naufragar, se encontraba (justito en la arista) el afluente que (sin buscar) quise siempre andar para encontrar: tu llanto. Tu llanto fue quien comenzó a llenar ese mar de lágrimas por el que yo estaba (no sé si coleando, pero "vivito" seguro) convencido de secar. ¿Qué ganaría logrando esto? No lo sé, quizá tampoco me importe. Lo único que me importa hoy, es que jamás le di importancia a nada; entonces, así, puedo estar totalmente tranquilo de que hay que dar sin importar el vuelto que nos den. Que nos caguen con el vuelto es muy normal en estos tiempos, y que nos persigan los recuerdos también. La historia comenzó ayer, mañana, y en este día (y cada día); lo único esencial es transmutarla en un arco iris cada vez que haya tormentos íntimos. Yo actúo con bastante seguridad en la vida, pero desde que me tatuó el retazo de la incongruencia de tu mirada, nada pudo ser igual: todo falló y (no abjuro) esa falla fue perfecta. La ambivalencia que me produjo pensarte, la displicencia que me robó el acariciarte, y la manía que creció en mis brazos al abrazarte, fueron la conglomeración perfecta para avivarme de una sola cosa: la inseguridad ante vos, es la seguridad más hermosa que jamás voy a poder cuajar.

  No me gustaría ponerle un punto final a ninguna historia que me aplique; si bien es (y será) así, a lo único que estoy dispuesto a ponerle un punto determinante y final es a tu tristeza, a mi agonía; a tu llanto y a mi vetusta amnistía; a tu desolación y a mi obsoleta imaginación. Ya no quiero imaginar, solo quiero vivir de la realidad; esa realidad que me hiciste soñar (despierto) en tu mirar; y esa realidad que (entre canciones, amuletos, frases y emociones) en vos quiero plasmar.



"Su fuego incendió mi pecho agasajado, predispuesto
A reservar la umbría que acorralaba a los despechos.
Su boca se hizo el túnel más ardiente y más resero.

Sus ojos se pronunciaron y escupieron el anzuelo".

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